fast brindis
¡Me ha tocado mi jefe! “Fácil” pienso. Diciembre llegó, y como cada año, la oficina se viste con adornos rojos y verdes anunciando el inicio de la temporada festiva. Entre los últimos reportes y asuntos con clientes recibimos el esperado correo electrónico: “Amigo invisible este viernes 12:30. Máximo $20. Contamos con tu participación. Sabré qué regalar. ¿O no?
¿Quién tiene mi nombre y qué me regalará?. No sea cuestión que se trate de un generación Z y me regale algo como una infusión de color verde. Cling, cling, comienza a llegar un aluvión de mensajes. M me escribe:
—¡No te imaginas quién es mi amigo invisible! El nuevo, que viene en bicicleta y viste ropa reciclada. ¡Tengo un dilema moral! Tendría que haber sido filósofa y no contable. Sería mucho más práctico en este momento. Ahora mi regalo tendrá que cumplir con sus principios: eco-friendly y vegano. No quiero ser la persona que le regala algo políticamente incorrecto. ¿Estará bien una planta? ¡Qué suerte tiene quien me tenga que regalar algo a mí que me gusta todo, la comida, los bolsos, el maquillaje, la ropa!
—Se ve muy agradable y estoy segura que aceptará tu obsequio con gratitud— respondo.
—Tengo mis dudas—
—En tal caso ya sabes lo que opino, un libro es la mejor opción. Ve a una tienda de libros reciclados y problema resuelto, cumples con su estilo de vida y el tuyo—
—Gracias, sabía que tendrías la solución. ¿Has notado que los últimos años el momento “sorteo”, siempre pasa lo mismo. ¿O no sabes qué regalar o temes que alguien se ofenda por lo recibido?—
—A mí me ha tocado el jefe. Hace 10 años le hubiera regalado un cigarro o una botella de whisky pero este tipo de detalles la empresa los ha prohibido hace ya tiempo. Y con el presupuesto que tenemos y los precios por las nubes, ¿le doy unos calzoncillos con un lazo rojo? O quizás un cactus, con un mensaje que diga: ‘No eres tan espinoso como parece’.” Me tranquiliza saber que es una persona sencilla. No se plantea si la empresa que ha confeccionado su camisa es local o cuántos litros de agua conlleva su fabricación. Si me tocara alguno de los nuevos fichajes, me pasaría como a ti.
Pasa la semana volando entre cenas y la maratón de compras. Por cierto, única maratón anual en la que participo, debo admitir. A las 12:30 en punto nos reunimos los 15 integrantes del equipo. Esta vez hemos invitado incluso al repartidor de Amazon ya que viene más seguido a la oficina que algunos de nosotros. Usamos una bolsa gigante para que cada uno coloque allí lo que ha traído y así no veamos quien ha comprado qué.
Para garantizar una mano imparcial, mi sobrino me acompaña, ya que le encanta venir y más especialmente el chocolate con churros de media mañana. Empieza el reparto. El primer paquete, lleva aún la etiqueta con el precio, que por cierto, duplica lo estipulado. Así cualquiera queda bien.
El segundo regalo es para M: un set para hacer velas en casa. M, que no sabe ni hacerse un huevo frito! Exclama:
—¡Qué emocionante! ¡Hacer velas! Lo recibe con una sonrisa como si una chispa hubiera encontrado la mecha adecuada. Tiene ese don.
Para no extenderme, paso directamente a lo que mi jefe y yo recibimos. Él, un bono para un masaje de 15 minutos. Dudo que alguna vez pueda aprovecharlo. El spa está cerrado cuando entra y también cuando sale.
¿Qué recibo yo? Un set de mascarillas faciales. ¿Es tan evidente que las necesito? Estoy encantada con el detalle, aprovecharé los días festivos junto a mi hija y reírnos al vernos frente al espejo con las caras tiesas y mimarnos.
Finalmente, brindamos con mosto no porque queramos, sino para evitar un escándalo al departamento de Recursos Humanos. Hace años está prohibido beber alcohol en el lugar de trabajo. Con vasos reciclados, con sonrisas contenidas, con frases protocolares. Brindamos por los objetivos cumplidos, por los paquetes mal envueltos, por las tradiciones y por el futuro. Aunque la bebida sepa al cartón del vaso. Compartimos juntos una mañana como el gran equipo que somos, nos hemos visto las caras, lo cual ya no sucede tan seguido. Más aún, el amigo invisible nos ha dado un respiro en medio de la vorágine. Y es mucho mejor brindar con mosto que tener resaca.
Hoy nos despedimos con 2 besos por mejilla y ya en la calle me pregunto ¿habremos hecho un fast-brindis? Es decir, media hora para el intercambio de regalos, levantar los vasos y unas palabras genéricas. Y a continuar trabajando. Otro objetivo cumplido. Porque si existen el fast food y el fast fashion, es posible también el fast brindis. De todas formas me reconforta mantener ciertas tradiciones aunque sus formas hayan mutado con el tiempo.
Salí con mi sobrino de la mano para disfrutar del prometido chocolate con churros. Nos reconfortó como solo un buen chocolate puede hacerlo. Por la tarde, ya en casa, brindamos con un buen vino. Sobre la mesa ya estaban colocadas las tarjetas en blanco con el firme propósito de compartir por escrito nuestros anhelos para el año que comienza. Lo que no mata, fortalece. Brindemos.


¿En qué momento lo políticamente correcto empezó a ser más importante que nosotros mismos?